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Magnífico recital de Enrique Gracia Trinidad en el ya célebre ciclo poético “La Rioja Poética”

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Diego Vadillo López

(Escritor y analista de Arte y Literatura)

Pocos eventos poéticos tienen el buen gusto del que ya lleva cinco años organizando la poetisa Rosario de la Cueva. El marco, asimismo, es inmejorable: el Centro Riojano de Madrid, situado en la calle Serrano 25, en un edificio fastuoso. Acostumbran a realizarse los mensuales recitales en el palaciego salón de la planta superior, pero en esta ocasión hubo de hacerse el de Gracia Trinidad (poeta al que correspondía la jornada desarrollada el día 8 de junio) en el de la planta baja dado que distintos eventos aguardaban al otro, no obstante el de la planta inferior no le va a la zaga en cuanto a prestancia cuando de acoger y dignificar voces poéticas se trata.

Rosario de la Cueva llevó a cabo una magnífica presentación de Enrique Gracia Trinidad, quien, consciente de su luenga singladura transitando las trochas culturales, en evitación de que se cementase en exceso el principio del acto con la gris argamasa de un exceso de datos, pidió a De la Cueva que redujese al mínimo tan protocolario menester, solicitud a la que la organizadora atendió a medias, ya que, sin privar al auditorio de interesantes datos contextualizadores de la figura del personaje ante quien se encontraba, los administró de tan sugerente manera que adquirieron incluso poética tonalidad por momentos. No esgrimió, por tanto, la anfitriona un “Ridículum Vitae” (que es como Gracia Trinidad se refiere a la glosa de rigor acerca del conferenciante de turno, esa que se acostumbra a recitar de manera plúmbea y ridículamente solemne).

Aludió la presentadora a una vida dedicada a la cultura, hecho que consideró como digno de alabanza, y definió al poeta como “humanista” por fomentar la ética y el enriquecimiento del ser humano a través de la cultura, cosa que, a su entender, lo engrandecía.

ROSARIO DE LA CUEVA Y ENRIQUE GRACIA TRINIDAD

Hizo, además, Rosario de la Cueva un repaso por las apreciaciones de una serie de voces más que autorizadas (Luis Alberto de Cuenca, Juan Van Halen, Ángel González, etc.), esgrimiendo un insinuante abanico de consideraciones, seleccionadas y reunidas de entre las que en algún momento dejaron, negro sobre blanco, todos ellos: que si se trata de un poeta más épico que lírico en su manera de afrontar la lucha del ser humano con la vida, que si es al tiempo un poeta profundo y con un acendrado sentido del humor, a fuer de aunar un gran registro temático en sus obras… también se aludió a su bagaje cultural, a la red de sensibilidades poéticas que teje con su lírica… a su uso novedoso del lenguaje… al hecho de que a veces sea ácido si bien nunca vulgar, reinventándose siéndose fiel…

Concluida la afinada presentación, tomó la palabra Enrique Grarcia Trinidad, que nos enteró de que daría lectura a una serie de poemas inéditos en su mayoría así como a algunos de sendas obras editadas (“Juego de damas” y “Doble juego”).

El estilo cálido, cercano y más que ameno de Gracia Trinidad pronto me hizo conectar con su lírica sensibilidad, con la poética de su poesía, acreedora de una sencillez deslumbrante, de las que no ciegan y dejan entrever un estado del alma campechano que es el que da vuelo a los mimbres con que son erigidos sus poemas.

Al tiempo que el vate iba recitando me empecé a tomar la libertad de ir capturando versos al vuelo según los ofrecía al aforo congregado a través de la recitación. Y son esos versos, capturados con intrepidez justo cuando me iban acariciando ciertos reductos de la conmoción, los que voy a traer aquí reescribiéndolos de manera libérrima, sin saber si implican más de un verso, si media encabalgamiento entre secuencias sintácticas, esto es, desatendiendo a unas posibles pausas versales no siempre discernibles cuando se aprehenden los versos en una sonoridad diluida en la atmósfera.

Veintidós fueron los poemas recitados.

El primero se titulaba “Currículum Vite” y en él refería muy otras meritocracias, como sentirse cercano “del sol cuando la tarde se desnuda” o sentirse “torpe en la muchedumbre y la algarada”.

El segundo llevaba el título “He visto” del que entresaqué el siguiente pasaje entre otros de semejante tenor residenciados en la pieza a modo de inventario: “espantapájaros que llevaban palomas en sus hombros”.

Un cierto unamuniano dolor patrio se entrevé en “Patria”, en el que comienza expresándose de manera dubitativa: “No sé cuál es mi patria”, continuando más adelante con un símil de potente eficacia al semejar la nación a un complemento lujoso que se exhibe “como se luce alguna joya rara”. Hacia el final afirma: “No puedo con tan dura carga”.

En “Una condición desesperante”, anclando su poema a una sentencia de Luis Alberto de Cuenca (“Qué poco me gustan las mujeres, pero cómo las deseo”) llega a incurrir en paradojas que nos atraen a nuestros renacentistas místicos: “Mira que lo quiero y qué poco me gusta”.

En quinto lugar nos recitó Gracia Trinidad “El tiempo que nos quede”, poema de cariz más intimista y sentimental: “El tiempo existe porque hoy lo contemplo contigo con calma”.

Abundando en lo cronológico, en “Tiempo que está por llegar” expresa ese absurdo que nos envuelve sin remisión: “la vida venderá sus baratijas” (magnífica imagen personificadora)… “No tiene porvenir el porvenir” es un verso que da testimonio del sentido lúdico en que tan a gusto se siente nuestro poeta.

En el séptimo poema que recitó (“Desechable”) aborda la futilidad y obsolescencia que adorna nuestra cotidianidad (todo se acaba y no cabe reposición, se ha de adquirir otro objeto nuevo), lógica que aplicada al propio ser humano…: “el ser humano dura menos, aunque parezca más… y no hay repuesto”.

Tras el octavo, noveno y décimo, Gracia Trinidad recitó dos poemas de Raquel Lanseros, coautora con él de “Doble juego” (Cuadernos del Laberinto, 2015). Me gustó mucho “A las órdenes del viento”, en el que refiere una nómina de personajes que le hubiera gustado ser por lo que de encendida pasión sentimental conllevaron sus respectivas biografías, pero en los dos últimos versos con resignado ingenio poético apunta: “Me habría gustado amarte. Te lo juro.// Sólo que muchas veces la voluntad no basta”.

Los versos de “La rendición de Breda” versan (los versos siempre versan) sobre determinados sinsentidos.

Continuó el poeta con su undécimo poema, en el que habla de una “inconsciencia que acabará un día con nosotros”, en alusión a un sentimental contubernio.

Siguió leyendo en duodécimo y el décimo tercero (“Lectora”), sobre una joven a la que idealizó en un trayecto metropolitano, y llegó el décimo cuarto (“Higiene y resbalón), que me resultó harto simpático pues relata cómo incursionando en el baño en aras de acechar a la amada en tan edificante contexto, el anticlímax sobrevino cuando pisó el bote de gel que la interfecta había dejado en el suelo con los consiguientes resultados traumatológicos en los huesos del malogrado amante.

Tras el anterior poema, de Ramonianas resonancias, se fue tornando más grave la temática con “Tripalium” y “Maldito amor”. Luego tocó el turno a una pieza más entrañable: “Feérico”. Y después a “Diálogo simplemente humano”.

Tras el décimo noveno llegó “La mentirosa luz”, poema que incide sobre la falacia lírico-lumínica, ese recurso tan manido en poesía; en él escribe cosas como: “bajo toda la luz hace daño la vida”.

En el vigésimo primer poema, “Tú, yo y el tiempo”, volvió a atraer a lo cronológico, volviendo a presentar al tiempo como ese camaleónico constructo inasible y desconcertante.

Y puso fin a su recital Enrique Gracia Trinidad con “Memoria de esta tarde”.

Me llamó la atención gratamente su manera de emparentar la voz poética y la humana, alejado de impostaciones. Fundía Gracia Trinidad al glosador-aclarador y al poeta en fascinadora univocidad, trasplantando la vida a la poesía; implantando lo poético en la existencia a través de una mirada entrañable y esperanzada, perceptible incluso en los más desapacibles y pesimistas pasajes, pues parece incapacitado este poeta para la negatividad.

Nos describió con sus versos nuestro poeta la inmensa poesía que reside en las pequeñas cosas, además de poseer esta en sus manos un componente cívico que otorga claves para el adecentamiento del panorama.

Terminado el recital, Rosario de la Cueva agradeció al poeta su entrega y prestancia y emplazó a los asistentes a seguir acudiendo a posteriores entregas de esta magnífica serie que ella coordina magistralmente y que continuará en septiembre, pues el recital de Gracia Trinidad cerraba la presente temporada. Gran colofón, sin duda.

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