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“El día mundial de la indiferencia”, la defensa de poesía

Mar Suarez
Javier Perez-Ayala, by Azay Art MagazineExisten dos géneros de literatura que sobreviven entre minorías, en rincones perdidos, en voces individuales o anónimas, en estanterías de librerías ante las que pasa mucha gente y poca se detiene. Estos géneros son el ensayo y la poesía. Ambos me tocan muy de cerca. En realidad uno no sabe si es fortuna o desgracia esta indiferencia del público, al mirar el camino seguido, por ejemplo, por la novela. Puede llegarse a pensar que de este modo, al menos, los poetas que tengamos serán verdaderos poetas y no esos que me gusta apodar, tomando la frase de Machado, “señoritos que componen versos”, o cazadores de un best-seller sin sustancia, puro producto comercial tan insípido como incoloro.
Y entre los poetas tenemos en España uno en concreto que alaba la enseñanza de la indiferencia. Javier Pérez-Ayala cuenta en su haber títulos como “Reviéntate mundo” (2006), “Ese rostro casi violento” (2007) y sobre el que voy a centrarme en el presente texto: “El día mundial de la indiferencia” (2008). Según iba leyendo los versos del último volumen –renglones los llama en más de una ocasión Pérez-Ayala-, iba recordando la enseñanza moral que para evitar el odio he oído más de una vez: no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Dicho de otro modo, al de Pérez-Ayala, el desprecio que hay en la indiferencia es la auténtica otra cara del amor. Supone negar la importancia, el recuerdo y memoria, e incluso la existencia, al otro. La indiferencia borra el vínculo, la mirada, el saludo con una incalculable fuerza:
Yo sigo como siempre, tratando de borrar
(…)
Fingir que no te he conocido,
Que no me acuerdo de ti,
Ni de tu andar sobre la acera,
Ni de tu sonrisa, ni de tu voz armónica y celeste.
Es lo que ocurre cuando se borra en el papel: siempre queda una leve marca del grafito:
Los tachones en mi cuaderno
Me recuerdan esos restos del naufragio
Que ha sido mi amor.
El papel borrado no es ya el mismo, aunque finja no haber sido escrito nunca, o aunque nosotros finjamos no haber garabateado antes, o no haberlo leído. La indiferencia es un fingimiento, una máscara, un disfraz de puertas afuera, una capa que cubre lo que queda en el recinto privado del interior. La indiferencia como “patria tan vacía sin ti”, como promesa de un olvido que está por venir y que nunca llega. En definitiva, la indiferencia que une al poeta consigo mismo, cómplice de sus secretos, o como verdadera caverna del poeta sumergido en su mar de dudas:
Miro al frente y me encuentro con ella,
En su rostro se dibuja una pregunta,
Me mira como si yo fuese su respuesta,
Pero yo sé que sólo soy, si acaso, una duda.Javier Perez-Ayala, by Azay Art MagazineUna duda que se extiende, que se amplía dramáticamente, sobre la existencia y su conocido final que, sin embargo, se guarda entre dos interrogaciones. Una duda que sólo encuentra expresión poética, esto es, refugio, en la lengua del poeta quien se encuentra viviendo en “el margen derecho de los poemas” allí “donde acaban los versos”, con los que se construye un “muro que nos protege del resto del mundo” aunque “el enemigo somos nosotros”. El poeta vuelve la vista hacia sí mismo. Dicho de otro modo, el poeta convierte en materia de su poética a la misma poesía que le reviste y le hace poeta. Javier Pérez-Ayala escribe, en este sentido, metapoesía.
Debería haber empezado por esta palabra que da título a la primera parte del poemario: por la metapoesía. Pero, creo, hacía falta entender cómo es el camino, a partir del título del libro hasta amarrar en este puerto. Tal y como acostumbramos a decir las gentes de la filosofía: lo primero en el orden lógico es lo último en el orden ontológico. Así, lo primero en el libro, que es la metapoesía, en realidad viene después de la indiferencia, tras el encierro del poeta. No se empieza por la metapoesía, sino que a ella se llega, puerto de destino. Ya ocurría esto con las “Rimas” de Bécquer.
La metapoesía no consiste sólo en que en los versos de Javier Pérez-Ayala habite un Pablo Neruda o un Gabriel Celaya, entre otros, porque guste de la amada en su ausencia o porque encontremos reminiscencias de la poesía como arma cargada de futuro. La reflexión sobre el elemento poético, la poesía que se contempla a sí misma en el espejo, el poeta que se describe en el laberinto de versos, el destino del poema…
Los poetas somos hombres, como los demás.
Cuando nos caemos también nos levantamos,
Pero nos paramos a contemplar nuestras heridas.
(…)
Los poetas somos una raza a extinguir,
Una minoría exigua, que cuando se cae
Se levanta, aunque sólo sea para contemplar
El dolor que causan las heridas.
Platón quiso extinguir al poeta expulsándolo de la polis. No entraré al tema, pero sus comprensibles razones tenía. En Pérez-Ayala, no es una condena platónica, sino una constatación real: el poeta y la poesía están, como si de una especie animal habláramos, en serio riesgo de extinción. Nos lo dice esa hipérbole de la “minoría exigua”, tan masoquista que no cura sus heridas sino que hasta encuentra complacencia en contemplar el dolor que arrastra dentro de su seno, en escribirlo, en recordarlo, en hacerlo permanente esculpiéndolo en las líneas del poema. Minoría exigua que escribe, minoría exigua que lee, como empecé diciendo. Quizás sea cuestión de una selección natural, de una necesaria mutación literaria ante el cambiante hábitat humano. Y lo que no muta, ya sabemos que muere, se extingue, se desvanece. Lo dijo Darwin o De Vries o Mendel. Lo único que cabría preguntarnos es cuánto depende la poesía de la genética del poeta y cuánto de la genética del lector y, al caso, cuánto le queda de vida ahora que estas cosas pueden pretenciosamente calcularse con alguna precisión científica. Sin embargo, tengamos en cuenta el siguiente verso del poeta: “la física no nos aclarará nada”. Así, Pérez-Ayala parece responder en la contradictoria manera de Bécquer y su “podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía”, afirmación tan complicada de entender como cierta en la práctica. Quizás porque tras los poetas, basta que haya quien lea. Quizás porque la poesía no necesita de un testigo para hacer ruido, como el árbol que cae sin que nadie lo escuche.
De palabra sencilla y cotidiana, pretendidamente coloquial sin detrimento en la precisión de la expresión, en verso libre con accidentales rimas naturales, y con el sabor amargo de una juventud asentada sobre el vacío, mordaz en ocasiones, transparente en otras, Pérez-Ayala nos hace partícipes, desde la sinceridad, de una situación generacional –Hijos de la libertad- y una época poética, que no han de pasarnos desapercibidas, que muchos hemos y aún vivimos, y cuyo peso sentimos sobre los hombros, aunque se trate del peso de nada.

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2 Responses to "“El día mundial de la indiferencia”, la defensa de poesía"

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